Marruecos se siente como un sueño, como un espejismo en medio del desierto.

En nuestro primer aniversario de casados, Laura y yo lo celebramos en una tierra mágica, de esas que pensaba que solo existían en la ficción. Así es Marruecos, se siente como un sueño, como un espejismo en medio del desierto…

¿Invierno?

Sí, viajamos en pleno invierno, con una temperatura en promedio de 35°C. Ya se imaginarán lo caliente que es el verano (se dice que puede llegar a los 50°C). El propósito de la travesía fue celebrar, acompañados por la revista Hola, nuestro primer año de matrimonio.

Y sí que pudimos celebrarlo con altura, y con todos los lujos. Porque Marrakech, desde el comienzo (en la aduana y el transporte desde el aeropuerto) nos recibió de una manera muy servicial. Estábamos algo preocupados por el idioma pero desde el primer minuto tuvimos un traductor a nuestro lado.

Marrakech se tiene que recorrer caminando y, de ser posible, de la mano de tu pareja.

Y luego vino el hospedaje…

El hotel La Mamounia es un capítulo aparte. Un palacio de oriente adecuado para que los visitantes experimenten de primera mano todas las sensaciones de la cultura marroquí, mediadas por la exclusividad y la atención. Su arquitectura típica te envuelve hasta el punto de sentir que haces parte de un relato de Las mil y una noches.

En dos palabras: suntuoso y delicioso. Y es que así no se vayan a hospedar en La Mamounia, es necesario visitar sus restaurantes, no solo por la oferta de comida típica, sino por los sabores italianos y franceses. Estos últimos, dada la influencia gala en este país, son excepcionales.

Mi otro restaurante favorito también quedaba en un hotel: Le Jardin, en el Mansour.

Muchos dirán que su parte favorita de un hotel de lujo es la habitación, o tal vez los salones acogedores e imponentes. Pero, para mi, se trata de los jardines: uno de los secretos mejor guardados de Marrakech.

Laura Tobón en Marrakech Marruecos

Marrakech se tiene que recorrer caminando y, de ser posible, de la mano de tu pareja.

Al atravesar las puertas del hotel, Marrakech nos recibió con toda su vida y color, algo que se respira, más que en ningún otro lugar: en sus mercados. En especial en el souk central, en el corazón de la ciudad.

Jemaa el-Fna es un universo terracota bañado de especias, platos típicos, artesanías, telas y todo tipo de curiosidades. Aquí, por supuesto, conviven el encanto con el espanto, porque nunca faltan los vendedores que quieren aprovecharse de la pareja de turistas desprevenidos.

Laura fue la primera en caer, a pesar de mis advertencias, cuando le ofrecieron un tatuaje “gratis” en henna. Por supuesto, apenas la señora terminó de pintarla, no le soltó la mano hasta que no le dimos su “propina”.

Luego, por estar grabando un espectáculo de cobras que se mueven al ritmo de una flauta, los vendedores se me acercaron queriendo que les pagara. Esto terminó en una acalorada discusión, a gritos, ellos en árabe y yo en español, que cada vez iba aumentando más y más el volumen.

Confieso que al principio nos asustamos, pero hoy nos da risa recordar esa situación tan absurda.

Así que ya saben: cuiden sus dirhams (la moneda oficial, un dólar equivale a 9,48).

Marrakech se tiene que recorrer caminando y, de ser posible, de la mano de tu pareja. Sus colores y aromas invitan, a la vez, a la contemplación y al romance. Hay un aura seductora en sus callejuelas.

Además del mercado principal, recomiendo:

  • Jardines Majorelle (inspiración y hogar de Yves Saint Laurent)
  • Palacio de la Bahía
  • Mezquita Kutubía
  • Palacio El Badi
  • Jardines de Menara (sí, otros jardines)

El recuerdo de Marrakech, a diferencia de esos tatuajes del mercado, quedó grabado en nuestra memoria con tinta indeleble, cubierto por un velo de magia. Volvimos con la sensación de haber descubierto un mundo secreto.